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Palabras Más, Palabras Menos

A expensas de cometer un acto reduccionista y ligeramente antropocéntrico, podría decirse que el lenguaje es, quizás, la construcción social más importante de todas las creadas por el ser humano. En un tono más poético, somos palabras. Cada cual en la lucha por encontrar las propias. Quizás sea aquí justamente donde radica el poder del lenguaje, la posibilidad con que un número finito de palabras pueden encontrar infinitos mensajes con infinitos significados. En estos términos es importante diferenciar entre lo que constituye una construcción sociocultural de lo que es una capacidad innata o biológica; o mejor dicho, lo que viene de fábrica. No llegamos a este mundo sabiendo leer y escribir. Mucho menos con la capacidad de comprender textos. Estas habilidades lingüísticas son culturales. Un idioma, el significado de un lenguaje de señas, son ejemplos creados de forma social y que aún siguen en des-construcción. Estas habilidades son sensibles de ser aprendidas, por lo tanto son entrenables, mejoran con la práctica. Sin embargo hay que diferenciarlas de las capacidades lingüísticas, es decir nuestra capacidad de emitir sonidos, la cual es genética, viene de fábrica. Además no es algo que sea exclusivo de la especie humana. Existe una gran cantidad de especies que también comparten esta virtud. Como las aves y su hermoso canto un domingo a las 5 de la mañana.


Evidentemente, incorporar estas habilidades lingüísticas generan un profundo impacto sobre nuestra cognición, lo cual es fácilmente comprobable si comparamos a un bebe de 5 meses que se comunica con su llanto con uno de un año, que comienza a vociferar sus primeras palabras. Es en este punto donde entra la neurociencia a preguntarse cómo y cuándo es que aprendemos el lenguaje; qué regiones de nuestro cerebro se encargan de dicho aprendizaje o también qué pasa cuando hay una “falla” en nuestras redes neuronales.


Para responder estas preguntas, usaremos como puente un mito muy arraigado en nuestra cultura que dice que solo utilizamos el 10% de nuestro cerebro, invitándonos a imaginar qué haríamos si utilizaramos la totalidad de este órgano, hecho de un 70% de agua. Este postulado es absolutamente falso. Usamos todo nuestro cerebro. Un ejemplo para visualizar esto: a la hora de comprender un texto ponemos en juego un sin fin de habilidades cognitivas, como por ejemplo la memoria, la atención, el razonamiento, la decodificación y el análisis sintáctico, todas en simultáneo (aunque existen zonas especializadas dentro del cerebro que se ocupan de las distintas funciones). El estudio de estas zonas comenzó hace más de 200 años con pacientes que presentaban una lesión en una región del cerebro denominada área de Broca. Las lesiones en esta parte del hemisferio izquierdo generaban que dichos pacientes no pudieran producir eficientemente el lenguaje, con lo cual se le otorgó al área de Broca el papel de la producción del lenguaje. Otros pacientes presentaban lesiones en otra zona ubicada en el hemisferio derecho denominada área de Wernicke, la cual se encarga de la comprensión del lenguaje hablado. Lo increíble de esta neuroanatomía es que una lesión en el área de Broca, que implica la falla en la producción del lenguaje, no implica necesariamente una falla en el área de Wernicke. Es decir que podría entender perfectamente lo que escucho pero no podría responder con fluidez y sentido. Con esto quiero decir que existen una multiplicidad de zonas especializadas del cerebro que se encargan de diversos aspectos del lenguaje.


Al día de hoy, los acercamientos al estudio del lenguaje, desde una perspectiva neurocientífica parecieran influenciados por la ciencia ficción. Por ejemplo, uno de estos estudios analiza cómo algunas especies de pájaros, esos que arrancan a las 5 de la mañana, aprenden a cantar. Esto se debe a que las aves, como los humanos, no llegan al mundo conociendo cómo entonar la canción de cortejo o un lindo poema. Lo van aprendiendo. Algunas especies de aves aprenden escuchando, a prueba y error, tal como nosotros. Sin embargo, lo curioso es que tienen una ventana de tiempo acotada, en la cual fuera de ella no aprenden a entonar la canción. Lo que es un apuro para algunas aves, no lo es para nosotros. No existe una ventana temporal en la que si no aprendemos a leer y escribir, no podamos hacerlo luego.


En síntesis: no llegamos a este mundo sabiendo leer, escribir y mucho menos comprender un texto. Debemos aprender y la única forma es con práctica, mucha! Por eso tambièn es importante el acompañamiento en la práctica, ya que manejar herramientas lingüísticas que otorgan infinitos posibles significados no es para nada una tarea sencilla, sin embargo la posibilidad de encontrar la palabra propia dentro de millones de significados es de valiosa importancia.


Pd: Pequeño desafío: intenten, en voz alta decir los colores, no la palabra

A veces nuestro cerebro es un poco vago y las claves contextuales que ve, las utiliza para predecir lo que se va a leer, para así generar un menor gasto metabólico.


Escrito por Alejo Barbuzza para comunicacionenciencia.com


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